miércoles, 4 de marzo de 2020

Bosch: La unidad antillana






Únicamente dos dominicanos han escrito sobre la historia del Caribe: Juan Bosch en el 1970 y Frank Moya Pons en el 2007. República Dominicana está en el centro del Caribe y su historia es incomprensible al margen de su ubicación geográfica. Históricamente nuestra isla, y específicamente la parte oriental, donde está nuestro país, fue el primer asiento del poder europeo en todos los órdenes en el continente americano. Santo Domingo antecede a Buenos Aires, Lima, Ciudad de México o New York, como establecimiento occidental en el nuevo mundo. Más acá de esa primacía americana, somos un pueblo caribeño, aunque a menudo algunos lo olvidan y en otros casos lo rechazan. La nefasta impronta ideológica del trujillismo para justificar el genocidio del 1937 ha degenerado en discursos racistas, xenófobos, negadores de nuestra negritud, de rechazo a nuestro caribeñismo y trata de empujarnos a vivir de espaldas a nuestros vecinos de la parte occidental de la isla y por extensión de todos los pueblos caribeños. Afirmar tímidamente nuestra realidad antillana, como parte del Caribe, revuelca las fobias viscerales de algunos chovinistas criollos que pretenden presentarnos como un pueblo carente de raices y sin contexto. Para llegar a esa posición extrema se demanda bordear la estulticia, negar la historia y cerrar los ojos a la evidencia social y étnica de nuestro pueblo, a nuestra condición de caribeños.

El tema de el Caribe es permanente en el pensamiento de Don Juan. El 16 de febrero del 1944 Bosch dictó una conferencia en la Institución Hispano-Cubana de Cultura, en La Habana, y al mes siguiente la revista Ultra publicó extractos de dicha conferencia bajo el título de La unidad antillana. Desde el primer párrafo notamos ideas germinales de lo que sería décadas más tarde su gran obra sobre el Caribe: “La unidad antillana, refiriéndonos al presente, es exclusivamente geográfica y, a causa de esto, económica en cuanto a su producción. Fuera de esto no hay unidad real y actual en las Antillas, donde hoy se hablan cuatro idiomas oficiales y varios dialectos. Somos un abigarrado mundillo, resultado directo de los diversos orígenes históricos, causados a su vez por las pugnas imperialistas de las metrópolis que nos formaron en la cultura occidental. Somos, pues, la consecuencia de consecuencias remotas, y de todas ellas, la postrera y, en este momento, más triste es la situación política del conglomerado antillano. La mayor cantidad de las islas está en el grupo de factorías europeas y americanas, de hecho muy por debajo del concepto verdadero de colonia” (V. XXXIV, p. 277) Bosch destaca el hecho de que el Caribe por obligación esta unido por su geografía y su economía, aunque es un hecho innegable que es un caleidoscopio cultural, justo por la injerencia imperialista europea, y posteriormente norteamericana, y esa diversidad genera distancias en la comunicación. Las muchas lenguas habladas, que entorpecen el diálogo, se unen de manera armónica en la realidad del hombre y la mujer de el Caribe forjados por el monocultivo y el dominio imperial. Recuperar lo que nos une hará posible superar lo que nos divide. Es tarea obligatoria por ser necesaria.

La unidad de las Antillas, tema de su conferencia, era un proyecto maduro en el ideal de muchos patriotas caribeños mucho antes de que Bosch hablara sobre el tema. La segunda mitad del siglo XIX vio florecer con fuerza el antillanismo. Ramón Emeterio Betances (1827-1898), boricua, hijo de dominicano, laboró por la independencia de su patria Puerto Rico y la unidad antillana. José Martí (1853-1895) fundó el Partido Revolucionario Cubano con la misión de lograr la independencia de Cuba y Puerto Rico. Máximo Gómez (1836-1905) es tan cubano como dominicano, Eugenio María de Hostos (1839-1903) tan dominicano como puertoriqueño. Son tantos y tan fuertes los lazos que unen las Antillas hispanas que el proyecto de integrarnos en una entidad política, social y económica sigue latiendo en las mentes y corazones de miles de cubanos, dominicanos y puertorriqueños. Es cuestión de encontrar el momento preciso, de fomentar la generosidad y buscar los medios.

Para Bosch la etapa colonial española, común para las tres patrias, fue la génesis de esa manera propia de los tres pueblos, no porque lo buscara la metropoli ibérica, sino precisamente por lo contrario. “Durante tres siglos las Antillas no tuvieron importancia para España sino como bases militares y de aclimatación, dejando que en estas islas se estableciese quien quisiera. El resultado es el mundo abigarrado que tenemos, y con él, muchos males que debemos encarar valientemente. Se refiere a las consecuencias que tuvo para Cuba y Santo Domingo el injerto francés en una parte de la Española y anota de paso que, gracias a que Cuba no se movía en torno al eje español, alcanzó un progreso superior, teniendo ferrocarriles mucho antes que la metrópoli y produciendo una clase dirigente, especie de burguesía de la tierra, mucho más avanzada que su congénere española” (V. XXXIV, p. 278) (Recordemos que este texto es una suerte de crónica de la revista Ultra de la conferencia dada por Bosch, por eso lo peculiar de su redacción). La diferentes maneras en que los tres pueblos se articularon con identidades propias y proyectos políticos que buscaban la independencia plena daría la apariencia que lejos de acercarse se alejaban en las posibilidades de ser alguna vez un proyecto común, pero no fue así.

Mientras Cuba y Puerto Rico pelearon por su soberanía frente a España hasta fines del siglo XIX y justo cuando estaban a punto de lograrlo intervino el imperialismo estadounidense que impuso nuevos mecanismo de subordinación, en el caso dominicano la independencia política se obtuvo peleando contra los ejercitos haitianos y posteriormente contra la invasión española. Hubo un momento, en el siglo XIX, del 1861 al 1865, que los tres pueblos antillanos lucharon contra el mismo enemigo, al mismo tiempo. Precisamente analizando a ese “enemigo”, Bosch señala en su conferencia, con la vista puesta en toda la América hispana, que: “El genio español ha sido eminentemente aventurero y, por tanto, no planeador; ha sido una actitud creadora, no adaptadora ni calculadora; afectiva, por tanto, no mental. España no previó en momento alguno, ni por medio de sus intelectuales, ni por medio de sus estadistas, ni por medio de su pueblo, el destino a que estaban llamados los pueblos americanos” (V. XXXIV, p. 278) España estaba tan distante de su presencia colonial americana -y en otras latitudes- que no era capaz de analizar las consecuencias de la formación de pueblos y sociedades que en su momento reclamarían su soberanía, como efectivamente ocurrió en el siglo XIX. Basta un dato para entenderlo, desde el 1492, el primer monarca español que visitó América fue Juan Carlos I, cuando ningún territorio en este continente estaba bajo la soberanía de la corona española. Y las independencias hispanoamericanas no fueron lideradas por pueblo aborigen alguno, ni siquiera por los africanos que fueron traidos como esclavos, sino por los criollos, los hijos y nietos de los españoles que llegaron a América. Hispanoamérica fue un proceso político signado por el complejo de Edipo.

Para Bosch, la manera concreta en que la marca colonial española determinó el rumbo en las Antillas y la competencia de las otras potencias europeas que terminaron estableciendo pueblos con patrones culturales diferentes al español, no debe ser un hecho del destino necesario hacia el futuro, todo lo contrario. “Es, pues, necesario establecer la unidad de las Antillas, en el orden económico, político y social, aunque no lo sea en lo cultural. Debe llegar a establecerse de tal manera, que algún día el archipiélago antillano se presente al mundo como una confederación de pueblos insulares, o una federación o parte de una mayor confederación americana hemisférica. Pero esto último es una meta lejana, aunque no debe abandonarse. Lo primordial ahora, es fundir en un mismo interés el interés de todos los antillanos, y empezar a trabajar con vistas a un porvenir previamente establecido; cercenar, de un tajo hábil, la torpe política de aislamiento y de la improvisación heredada de España, fundando desde ahora una política de meta fija, que debe ser la de la unidad antillana total” (V. XXXIV, pp. 279-280). La unidad antillana es deber político y económico de todos los pueblos que la componen. No importa cuan lejana sea la unidad total, pero hay que comenzar a dar pasos concretos -y eso lo decía Bosch en 1944- ya que no existe un futuro digno para cada isla, para cada pueblo, aislado del resto. Europa que es mucho más diversa en culturas y lenguas ha logrado formas de integración muy avanzadas. Nuestros intereses particulares son tan semejantes y nuestras amenazas son identicas, por lo que todo esfuerzo de integración es ventajoso en gran medida para cada nación caribeña en particular.

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